actualidad·Pensamientos profundos

Semana Santa en Sevilla: La Madrugá

Hola gente, bienvenidos una vez más y espero que estéis todos bien, leyendo esto cómodos, descansados, con ganas de vivir; porque yo estoy escribiendo esto desde mi cama, después de haber dormido como 4 horas, haber caminado durante 12 horas seguidas por el centro de Sevilla – con sus correspondientes piedras como pavimento – y dudando muy seriamente si algún día volveré a andar.

Este año iba a ser la primera vez que viera la Semana Santa en Sevilla, yo no es que sea muy fan pero aprovechando que este año vivo aquí pues me dije:  Venga, a ver pasos. 

El plan era -según mi amiga Ana – ver un par de procesiones por la tarde, volver a casa y ya como a la 1, volver a quedar para ver La Madrugá y a las 6 como muy tarde, ¡muy tarde!, recogernos. Ese era el plan.

Quedé por la tarde, a las 7, iba yo monísima, un traje nuevo que me había comprado, un olor a colonia riquísimo…en fin, hecha un pincel. Pero todo se vio empañado por la pechá de calor que hacía y porque media hora después de haber salido de casa, me sudaban hasta las orejas. Y ya no hablemos del vestido.

Vimos algo frente a la Catedral de la Giralda, pero tan lejos que yo pensé:

Como ver Semana Santa en Sevilla sea hacerlo desde esta distancia sin pagar, vaya puta mierda.

Pero no, eso solo era ahí, para ver un paso cerca,  solo teníamos que habernos ido el día anterior a coger sitio.

Ana me metió por una cantidad de calles para no pasar por las que estaban cortadas por los pasos, que yo ya no sabía si seguía en Sevilla, si habíamos llegado ya a Córdoba porque es imposible que una ciudad tenga esa cantidad de calles.

Nos plantamos en La Campana (una zona de Sevilla céntrica), en primera fila sin comerlo ni beberlo a esperar ver pasar el paso de Pasión. Cuando ya llevábamos un buen rato, empiezan a aparecer los primeros nazarenos, con unas velas rojas, muy bonito todo por cierto; y yo pensando que en media hora lo teníamos todo visto y podíamos irnos.

Madre mía, que pechá de nazarenos había en ese paso, en ese y en todos, se llevaron pasando nazarenos una hora, sin exagerar. Que no es por meterme con la Semana Santa de Sevilla pero, ¿hace falta tantos nazarenos? Yo estaba ya desesperaita.

Encima nos habíamos colocado en el sitio de paso para cruzar la calle ( de ahí que hubiera hueco), y eso era un desfile de gente para ambas direcciones. Había una catalana a nuestro lado, en plan muy catalana, que empezó a cabrearse porque la gente pasaba por su lado y cada dos por tres les gritaba:

Por aquí no pasas, busca otro hueco porque por aquí no pasas. Que no pasas, joder – y se ponía la mujer en jarras, la gente pasaba igualmente pensando “Vaya puta loca” –, qué vergüenza, no respetáis la Semana Santa ni siendo sevillanos, qué poca educación.

Así cada media hora, al lado mía, yo viendo pasar nazarenos durante una hora y esa mujer gritando muy cerquita de mi oído.

nazarenos

Terminamos de ver el paso, como dos horas después de que empezara y nos fuimos a cenar. Yo ya ahí ya estaba harta de Semana Santa, pero me lo callé porque lo bueno venía después. Así que a las 12 estábamos de vuelta dispuestas a ver más pasos. Llegamos a la Plaza de San Lorenzo, donde parecía que toda la gente con mala baba se había concentrado allí. Tengo que reconocer que también llegamos y nos plantamos en medio del carril, provocando que  la policía nos colocara en primera fila cuando empezó a echar a la gente hacia atrás para que pudieran pasar los nazarenos.

¿Qué pasó? Que los que estaban en primera fila casi nos matan, porque ellos se habían hecho dueño de una parte de la calle y tú no podías ocupar esa parte. Nos fuimos metiendo hacia dentro y nos quedamos en la tercera fila, en plan guay, ahí la gente no estaba enfadada.

2,100 nazarenos. 2,1000 nazarenos. 2,100 nazarenos. Y encima me dicen: Pues la Macarena tiene 3,600.

Que yo ahí me cabreé y dije:

Es imposible, entre los que hay aquí, lo de las otras procesiones, y la gente que hay por la calle; os faltan sevillanos. No me salen las cuentas. 

Pasó el Cristo, se fueron los de la primera fila y nos pusimos nosotros. Ana, con un par, no dejó que se pusiera delante una chavala que acababa de llegar porque según ella llevaba esperando toda la tarde. Y se quedó tan pancha.

Como dos horas después, salimos de allí y nos fuimos al Palacio de Dueñas a ver el Cristo de los Gitanos. Llegamos allí sobre las dos y algo y salimos a las 6 de la mañana. Preciosa también, pero lento como ella sola. Otra pechá de nazarenos, un dolor de pies, un frío, un sueño… Yo ahí ya me rendí y dije que me iba a casa porque me quedaba dormida de pie entre nazareno y nazareno.

Fuimos a Starbucks, me cobraron 3 euros por un capuccino que sabe igual que el 1,5 de cualquier bar y me fui a mi querido piso.

Y hasta aquí mi Madrugá, casi me da algo viéndola, pero ya entiendo por qué la gente se echa a llorar cuando pasa la Virgen…

Porque piensan:

Coño, que por fin puedo salir de aquí.

Bye, bye!

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