El amor, ese virus.

(Esta entrada iba a ser diferente, iba a tratar de aquellos cortejos incómodos (lo siento, Ana) pero he decidido ser más amable y escribir sobre lo que nosotras sentimos cuando el que nos corteja también nos gusta. Lo que hay a continuación también se puede aplicar a los tíos, cambiar las -a por -o y ya está). 

A lo largo de la historia, los seres humanos nos hemos ocupado de encontrar remedio a esas enfermedades más o menos grave que amenazaban a nuestro bienestar. Y sin embargo, apenas hemos prestado atención a una enfermedad que nos desarma el piso, nos bloquea la mente, nos quita el hambre, el sueño y nos vuelve totalmente estúpidos (al menos con esa persona).

Enamorarse es un virus y si no me creen, sigan leyendo.

Todo virus tiene una fase previa de incubación, que son todas esas conversaciones y gestos que parecen que nos dan igual pero que provocan posteriormente el típico: “Ayyy…es tan mono”.

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Cuando hemos llegado a la conclusión de que es mono (motivo donde los haya para empezar a colgarse de alguien), empiezan a producirse los primeros síntomas psíquicos y físicos. Un día, sin saber muy bien el motivo, te sorprendes a ti misma repasando alguna conversación o recordando algún momento y empiezas a preocuparte por si el “es mono” se está transformando en “es muy mono”.

Las reacciones físicas tampoco se quedan atrás. No sé si es peor la típica risa nerviosa cuando te dice “Hola”, la huida descarada porque te da cosa mirarlo directamente no vaya a ser que se de cuenta que te gusta – porque ¿para qué vas a darle una pista de que te gusta?–  o la mirada a hurtadillas para ver que está haciendo. Podéis elegir cualquiera de las tres.

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Es muy mono, ya está, el primer paso es reconocerlo. Los primeros síntomas han dado paso a un cuadro enamoradizo que no es grave, solo es un cuelgue, puede haber cura. El problema es cuando aparte de parecernos muy mono, se comporta de forma muy mona  con nosotras y por nuestra mente empiezan a aparecer frases del tipo: “Tienes suerte de que la violación siga estando penada por Ley”, y similares.

Una vez que el virus ha arraigado en nuestra mente, empieza el delirio. Ya dejas de ser racional para entrar en una serie de preocupaciones, dudas, ensoñaciones y demás quebraderos de cabeza que se pueden resumir claramente en un chasqueo de lengua y decir, tras un suspiro cursi:

Maldición

Ya está, lo has pillado. Estarás pendiente a cada movimiento, a cada palabra y las miradas de soslayos provocarán alguna lesión ocular o de cuello. Esa persona pasará a ser más inteligente, divertida y sexy que el resto. En ese momento, cuando el estómago se te encoje y te pones nerviosa simplemente por estar relativamente cerca, puedes estar segura de que has llegado a la fase final del virus.

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Y a partir de ahí,  pueden pasar dos cosas: que salga bien o que salga mal.

Si sale bien, estos síntomas los acaba curando el tiempo y si sale mal, pues igualmente aunque la fase de recuperación es menos dulce, pero oye, siempre podéis arriesgar y cantarle:

¡A enamorarse, que estamos en temporada!

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