Viaje al infierno

Estimados seguidores y psicópata (deja un comentario explicando tu problema mental o algo), hace poco viví una de las experiencias más traumáticas que el hombre conoce: ir y volver de Madrid en el mismo día y en coche. Destruir el Anillo fue un paseo por Disneyland en comparación.

Y como aún tengo pesadillas recordándolo, voy a contaros qué ocurrió de una forma totalmente realista y poco adornada. Preparaos.

5:00
Desperté maldiciendo no haber cogido el bus en plan “Maldita sea, tenía que haber cogido el bus”, y haber optado por conducir en coche hasta la ciudad de los trasbordos. Era tan temprano que hacía frío, aunque en realidad eso no es tan raro debido al verano de locos que llevamos; con esto de la crisis han recortado hasta las temperaturas.

5:40
Cuando ya se me podía hablar sin riesgo a que te mordiera, nos montamos en el coche mi hermana, que le hacía muchísima ilusión visitar Madrid; su novio, que aún casi estaba dormido y yo, que seguía teniendo frío.
Ninguno sabía lo que le esperaba.

7:00
Nos adentramos en algún punto entre Mérida y Sevilla. Hubo un breve ramalazo de pánico cuando tras hora y media de viaje vimos un cartel que rezaba “provincia de Huelva”. Al final solo era Aracena y no lo que yo había pensado: Que nos habíamos equivocado tanto de camino que regresábamos a Huelva.
Quizás hablar en plural es excesivo ya que mis dos acompañantes iban roncando.

8:00
Paramos por primera vez en un área descanso para desayunar. Entramos en la típica venta espaciosa con decenas de mesas y ni un solo cliente. Pedimos un par de cafés y tostadas que nos salió por el módico precio de 7 euros. Ahí es cuando el viaje empezó a torcerse.
Por fin me tocó descansar de la conducción y me trasladé al asiento trasero con la firme intención de echarme un sueñecito.

9:00
No había forma de coger el sueñecito así que cogí un libro de Jane Austen, Sentido y Sensibilidad, que se me había olvidado sacar del coche hacía unas semanas. Es curioso porque hace unas semanas o un mes, mi amiga me devolvió ese libro y lo dejé en el coche. A las dos semanas o por ahí vio que aún no lo había sacado y me preguntó por qué no lo había hecho. Pues por esto, porque sabía que me sería de utilidad en el futuro.

11:30
Empezó el pánico. Ya nos íbamos acercando a nuestro destino, supuestamente no teníamos que entrar en Madrid capital porque íbamos a un pueblo. Lo único era que mis acompañantes tenían que indicarme cuando desviarme mirando el gps.
Solo tenían ese misión.

11:34

– Creo que te has pasado la entrada. Ahora tienes que meterte por Madrid.

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Quizás no entendáis por qué empecé  a mosquearme pero es que tenía que estar antes de las 12:30 en Pozuelo y entrar en Madrid es algo así como llevar prisa en un desfile de cojos. Nada bueno.

12:00

Intenté serenarme y seguí conduciendo bajo las indicaciones de mi hermana, pensando que en la próxima entrada me desviaría sin problemas, no hacía falta entrar en la capital aún. Había esperanza.

12:03

– Te has vuelto a pasar la entrada. Es que el gps avisa tarde.

De pronto mi móvil se quedó pillado y hubo que reiniciarlo, nos quedamos sin gps.

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Ahí mi cabreo ya iba en aumento.

 

12:10

– Tenías que haberte metido a la derecha.

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Les grité durante un minuto o así por avisarme de que tenía que tomar una entrada cuando ya habíamos pasado la entrada.

Mi hermana también me gritó que no tenía culpa y le pasó el gps a su novio.

Un par de gritos después, nos pusimos en el camino correcto y diez minutos después llegamos por fin a mi destino.

12:27

Por fin estaba donde tenía que estar, así que me cambié de ropa para parecer una persona responsable y competente para mi entrevista.

La entrevista duró aproximadamente unos cinco minutos. Había conducido casi seis horas, había pensado muy seriamente en tirar a mi hermana del coche en marcha, estuve a nada de prenderle fuego a mi móvil, maldije a todo ser que me cruzó por delante y la entrevista duró cinco minutos. CINCO MINUTOS. Aún lloro por las noches recordándolo.

13:40

Mientras yo esperaba para la entrevista le pedí a mi hermana que preguntara cómo se llegaba a Madrid en bus, así que cuando salí nos dirigimos a una parada. Miento. Tuvimos que esperar que mi hermana se maquillara porque no se puede visitar la capital sin pintarse los labios.

Unos cuantos de gritos después nos estábamos dirigiendo a la parada cuando se me ocurrió preguntar:

– oye, la chavala te dijo que con éste se llegaba al centro, ¿no?

– Sí, a Moncloa.

– ¡La madre que te parió! ¡Eso no es el centro!

– Pero si a mí me suena de escucharlo en la tele.

14:00

Encontré una parada de metro ligero y busqué  en el mapa algo que sonara a Puerta del Sol o Gran vía, llegué a la conclusión de que debía tomar una línea de ML y luego hacer transbordo en el metro. Genial para gente que no había estado en Madrid en su puñetera vida.

Si no habéis estado en Madrid, el ticket se compra en unas maquinitas que te pregunta si quieres un billete sencillo o combinado. Ahí te dan ganas de llorar. Tú solo quieres un puñetero billete para llegar a tu destino.

Al final encuentras la explicación de que lo que necesitas y compras los billetes.

14:50

Debíamos tomar dos líneas de metro si queríamos llegar al centro y entonces una pregunta rondó mi cabeza ¿para cuántos trasbordos era válido el billete?

En Huelva no hay metro, hay bus urbano, el cuál no cojo desde hace 7 años; así que ya podéis imaginar la paranoia que se creó en mi mente. En esos momentos lamentas no tener ninguna amiga en Madrid a la que preguntarle.

Me imaginaba llegando a la máquina de validación de tickets para coger otra línea y que de pronto no me dejara pasar porque había agotado el número de trasbordo. Me imaginaba a la gente mirándome y pensando “se quería colar, se quería colar”. Ya me veía detenida.

Me pudo la presión y salí del metro sin hacer el trasbordo. Al final estábamos al lado de la Gran Vía así que lo hice hasta bien.

16:40

Habíamos comido y recorrido un poco de la Gran Vía, pero teníamos que volver ya que conducir seis horas es bastante paliza. Por fin me enteré de que no había límite de trasbordo y me quedé mucho más tranquila. No había estado a punto de delinquir.

17:40

Volví a conectar el móvil a internet y me había hablado hasta el Papa así que decidí pasar y conecté el gps. Nueva odisea.

Para empezar en los carteles de Madrid solo aparece Madrid, ¿cuesta mucho poner el nombre de otra ciudad si por esa carretera se puede llegar?

Nos volvimos a perder dos o tres veces porque mis acompañantes no eran muy buenos leyendo el gps así que páramos en Móstoles – porque llegamos allí por una extraña razón- y decidí guiar yo.

18:30

Mi querida hermana se olvidó de configurar la ruta sin peaje así que cuando íbamos en dirección Córdoba, el gps nos metió por la zona de peaje. Estuvimos rápido y nos desvíamos y entonces al novio de mi hermana le entró el pánico:

– Ahora tenemos que volver hasta Móstoles y coger otra ruta.

Yo creía que ese chaval se iba a echar a llorar y a mi me entró la risa y no lograba decirle que con seguir recto sobraba, que solo había que volver a la autovía.

20:00

Paramos en un área de descanso y la cara de todos era un poema. Mi hermana había decidido enfardarse con el mundo y yo no paraba de acordarme del momento en que decidí coger el coche para ir a Madrid. Además no tuve más remedio que usar el servicio de una cafetería y ya me dio apuro y tuve que tomarme una coca-cola que no me apetecía en absoluto.

22:00

Llegamos a Córdoba y el viaje se me estaba haciendo interminable, mi querida migraña hizo acto de presencia y el dolor me producía ganas de vomitar. Por suerte ya no tenía que conducir y decidí recostarme y rememorar tiempos mejores del mes de Mayo.

00:49

Por fin llegamos a casa, sudados, enfadados, cansados y con dolor de cabeza. Y encima salía mal en la única foto que me hice en todo el viaje.

Un horror.

 

Y esto es lo que pienso sobre vuestro querido metro y vuestros carteles:

 

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