Diario de una au pair

Una serie de catastróficas desdichas

Querido diario:

Para celebrar que YA llevo un mes en tierras gabachas (soy la primera sorprendida), me gustaría hacer una reflexión sobre mi persona. Reflexionando, reflexionado, me he dado cuenta que soy una persona muy optimista, excesivamente optimista y que no se rinde nunca, jamás… excepto en los estudios. Cuando notaba que al leer el título del epígrafe me sonaba lo que venía después, daba por concluida la sesión de estudio. No consigues Matrículas de Honor pero tampoco te acabas convirtiendo en la odiada de la clase.

El optimismo es algo bueno, porque te cuesta perder la ilusión en las cosas y el hecho de que no te rindas tiene sus recompensas, que aún no sé cuáles son pero que ya las descubriré…¿por qué? Porque soy optimista.

Pero el optimismo también puede llevar a actitudes algo…desaconsejables. Y os voy a explicar por qué; una persona normal a la que le hubiera pasado las mismas cosas que a mí ya estaría de vuelta en la seguridad de su casa.

En mi segunda semana en esta maravilla de país (y no lo digo con sarcasmo) (de verdad), me tocó cambiar de casa porque…en resumen, porque una semana vivo en Valbonne y otra en Vallauris y ya está. Como iba diciendo, en la segunda semana estaba en la otra casa que supuestamente está adaptada para la seguridad de los niños. Digo supuestamente porque no he visto una casa más traicionera en mi vida.

Para empezar tenemos el baño de mi habitación, el cual me hacía mucha ilusión porque jamás he tenido baño incorporado, pero ¿qué me encuentro? Un váter que funciona cuando le parece, que además hace unos ruidos extrañísimos y que está situado casi en medio del baño; ¡pero por Dios, ¿quién ha diseñado semejante monstruosidad?! Y lo peor de todo es que el espacio que hay detrás no sirve para absolutamente nada…excepto para que se te caiga algo, te agaches y al incorporarte te golpees a la vez con el lavabo y con el váter.

Después tenemos la escalera estrecha reforzada en los bordes con metal en relieve para evitar resbalones. Yo no sé si es que el metal se ha desgastado pero eso resbala cosa mala, en mi segundo día metí tal batacazo que ahora subo esas escaleras a la misma velocidad que mi abuela. ¿Qué me hice? Pues tengo una bonita muestra de moratones que han pasado de un elegante morado a un otoñal amarillo y me raspé todo el brazo con el relieve de metal colocado por seguridad. Tuvieron el detalle de desinfectarme la herida.

Al cuarto día, abrí una de las puertas correderas y no sé cómo, me atrapó el dedo y se llevó un trozo de carne de recuerdo. La uña está un poco negra pero la buena noticia es que la piel de alrededor ya ha vuelto a regenerarse (recordad lo del optimismo).

Cuando salí de la casa de las pesadillas y volví a mi adorado, silencioso, triste y frío Valbonne, pensé que volvería a tener una semana tranquila y sin accidentes. Pero como podéis imaginar, no fue así.

Después de salir de mi clase de francés, que son bastantes divertidas porque ninguna sabemos hablar francés pero sí inglés excepto  la italiana que solo sabe hablar italiano, y después está la profesora que sabe hablar italiano y francés pero no inglés….total, que se montan unos pollos impresionantes. Recuerdo que un día la italiana me intentó preguntar por qué había venido a Francia y yo entendí que me estaba preguntado por qué estaba soltera.

Como iba contando, al salir de mis entretenidas clases me cruzo con un señor cincuentón, con cara extraña que me hizo una revisión visual, hasta ahí todo normal. Cruzo la calle, en dirección contraria al hombre, sigo andando por una calle sin acera, por la que no pasa ni un alma y cuando me da por mirar hacia atrás me veo al señor que me había cruzado antes andando tras de mí y sonriéndome. Cágate lorito. Aprieto el paso en una calle cuesta arriba como alma que lleva el diablo y vuelvo a mirás hacía atrás, ¿y qué hace el hombre? se baja las gafas de sol y sigue sonriendome para que no me quede ninguna duda de que me está mirando a mí.

5 angustiosos minutos después salgo a una calle transitada y el hombre se da la vuelta, lo bueno es que con el miedo a ser violada, secuestrada o asesinada,  llegué a tiempo a coger el bus que estaba a punto de salir. Optimismo.

Y el último hecho catastrófico ocurrió en Juan les Pins (pronunciado yan le pin), cuando me cobraron 4,5 por una coca-cola ( lo de la escalera me dolió menos) aunque tengo que reconocer que nos pusieron palomitas bañadas en caramelo…pero por 4,5 la coca-cola podrían haberlas bañado en plata.

Y para terminar, quiero decir algo bueno sobre Francia porque en primer lugar, me lo estoy pasando bastante bien y segundo porque quiero que me visitéis. Al contrario que en España, en las rotondas cuando hay atasco, el que está dentro de la rotonda te deja pasar a ti ¡sí, al que aún no ha entrado! para que no tengas que esperar tanto tiempo. Eso ocurre en España, y cuando por fin consigues cruzar la rotonda tienes que ir a renovar el carnet.

Así que aunque sea por las rotondas amables, ¡visitadme!

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